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La agroecología revolucionaria

Este artículo pretende ofrecer una breve aproximación a los conceptos de agricultura ecológica y agroecología, dos términos diferentes pero que se complementan y amplían.

Desde Ecologistas en Acción, una confederación de más de 300 grupos ecologistas de pueblos y ciudades de España que elaboran campañas de sensibilización por el medioambiente,  definen el concepto de agroecología, en su cuaderno para fomentarla, como “una propuesta que une los conocimientos tradicionales de agricultores, campesinos e indígenas de todo el mundo con las aportaciones del conocimiento científico moderno, para proponer formas sostenibles de gestión de los recursos naturales”.

¿Cuándo surge?

Nos encontramos ante una práctica revolucionaria en las técnicas de cultivo de la tierra, desde sus inicios hacia el 8.500 a. C. (durante el periodo Neolítico donde se abandonó la forma de vida cazadora-recolectora por la ganadería y la agricultura) hasta el presente.

Excluyendo de este espacio de tiempo la mal llamada “Revolución verde” originaria de EE.UU. (1940-1970), la cual supuso la aplicación de ingentes cantidades de fertilizantes y plaguicidas petroquímicos en gran parte del planeta para aumentar, supuestamente, los niveles de producción.

Para más información ver el documental “El mundo según Monsanto”, dirigido por la periodista francesa Marie-Monique Robin:

¿En qué se diferencias estas dos prácticas tan similares?

Según el cuaderno de Ecologistas en Acción, la diferencia que complementa a la agricultura ecológica de la agroecología reside en la combinación de los principios de ambas. Por un lado, “el desarrollo rural sostenible basado en el conocimiento tradicional, el fortalecimiento de las redes sociales y económicas locales (no sólo agrarias), los mercados locales y un manejo integrado de agricultura, ganadería y silvicultura” propias de la agricultura ecológica, se coordinan junto con “el desarrollo de técnicas de manejo agrario basadas en la recuperación de la fertilidad de los suelos; el policultivo y las variedades y razas agrarias locales; y en general en un diseño de las fincas basado en la mayor diversidad posible de usos y en la eficiencia en el uso de los recursos locales”. Así pues, “integrando aspectos sociales como formas de comercialización justas para consumidores y productores, y aspectos ecológicos como el manejo de la biodiversidad” se genera finalmente el concepto de agroecología.

La soberanía alimentaria y el paso de lo global a lo local quedan patentes en la declaración de intenciones de la ciencia agroecológica.

La española que consiguió adaptar el modelo al mediterráneo

Emilia Hazelip durante toda su vida, falleció el 2 de febrero de 2008, se dedicó a crear proyectos de vida autosuficiente integrados en la naturaleza sin explotarla y de forma sostenible. También teorizó sobre la agroecología y publicó escritos y documentales, además de organizar infinidad de talleres sobre el asunto. Tal y como informa el artículo publicado en nodo50.

En su documental, El jardín de Emilia Hazelip, introduce el concepto de la tierra en sinergia para explicar la producción no intensiva, pero de calidad y sostenible, en su huerto ubicado al sur de Francia. Propone así un nuevo y revolucionario método agrario para la obtención de cosechas de alta calidad, manteniendo de una manera permanente la autofertilidad del suelo silvestre.

Aporta la teoría de que no es correcto el cálculo que se hace en la agricultura contemporánea, basado en la restitución al suelo cultivable de la misma cantidad de elementos que hay en las plantas cosechadas, mediante el uso de fertilizantes químicos. “Las plantas sólo cogen del suelo los minerales y oligoelementos: Una cantidad del 25% de la masa vegetal total. El 75% restante, las plantas lo crean gracias al sol y a los gases atmosféricos”, afirma Hazelip en su documental.

Los cuatro principios de la agricultura sinergética de Emilia Hazelip son:

  1. Ningún trabajo del suelo.
  2. Ningún fertilizante.
  3. Ningún tratamiento químico.
  4. Ninguna compresión del suelo.

El samurai solitario de la agricultura ecológica

Estos principios, fundamentalmente diferentes de los que propugna la agricultura tradicional, fueron expuestos al mundo anteriormente por el teórico de la agricultura ecológica más refutado: el japonés Masanobu Fukuoka. En ellos basó su trabajo Hazelip para adaptar el modelo ecológico en la europa mediterránea.

Fue en 1937 cuando Fukuoka, tras abandonar su bien remunerado puesto de trabajo como microbiólogo, heredó los terrenos de su familia en la Isla de Shikoku y dedicó el resto de su vida (falleció el 16 de agosto de 2008) a la implantación de su sistema agrario ecológico, que supuso un éxito total tras muchos años de arduo trabajo y experimentación. Su aportación a la agricultura fue ampliamente reconocida por la comunidad científica internacional, tras las visitas de numerosos científicos a los campos de arroz y cítricos, quedando asombrados por los altos niveles de producción y calidad obtenidos. También recibió en 1988 el prestigioso premio Ramon Magsaysay por su servicio público.

Para ello dedicó gran parte de su vida a la observación de la vida en sus campos de cultivo. Es decir, a través de sus conocimientos como microbiólogo y la observación minuciosa del ecosistema salvaje que reinaba en sus plantaciones durante todo el año, llegó a las conclusiones de no trabajar más la tierra como antaño y tampoco usar o enterrar fertilizantes, aunque sean biológicos o químicos. Su lema fue:  “Sirve a la naturaleza y todo irá bien“.

Sus prácticas agrícolas están consideradas como la primera reforma agronómica real desde que la agricultura existe, según palabras de la propia Hazelip. Pudiéndose leer gran parte del secreto a voces en su libro: La revolución de una brizna de paja.

Ver breve presentación del libro:

Para continuar profundizando en este tema se recomiendan las siguientes lecturas:

‘Las transmutaciones biológicas’ de Corentin Louis Kervran.

‘Permaculture One’ de Bill Mollison y David Holmgren.

 

 

Fuentes: Ecologistas en acción, nodo50, El jardín de Emilia Hazelip y La revolución de una brizna de paja.

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